Durante 90 minutos, la colombiana mostró sus dotes, no sólo como cantante, sino también como bailarina árabe.
Con un cielo amenazante de lluvia y un público adolescente y familiar, lleno de pequeñas Shakiras, delirando por su ídola, Shakira brilló en Vélez con un show que no dejó afuera ninguno de sus grandes éxitos y unos cuantos temas de su última producción Fijación oral 1 y 2.
Si algo hay para destacar —más allá de que se trata de un show de factura impecable en cuanto a sonido e iluminación— es que lo que hace la colombiana no se parece a ninguna otra cosa. Y la originalidad no está sólo en su manera, por momentos engolada, de decir las canciones sino, sobre todo, en el impresionante manejo que Shakira hace de su cuerpo sobre el escenario. Revolea las caderas, contonea la cintura, corre, salta, se insinúa y se sacude de mil maneras distintas. Y, descalza, se convierte en una auténtica odalisca.
Shakira se pasea por su pasado y su presente musical, a veces guitarra en mano (tiene dos; una azul eléctrico y otra, llena de piedras brillantes) y hasta tocando la armónica. Y va repasando hits como Antología (lo escribí a los 17 porque yo a los 15, ya me había enamorado), Inevitable, Estoy aquí, Pies descalzos, a los que el público responde con euforia.
Shakira también también sabe susurrar y ronronear frente al micrófono y agitar su cabellera felina, seduciendo siempre. Y es el recurso para acompañar los temas menos enérgicos como Obtener un sí, No, Día especial y La pared.
Emocionada, la colombiana se ocupó de resaltar la relación que la une con la Argentina, más allá de lo musical. Sin mencionar nunca el nombre de Antonio De la Rúa, su pareja hace seis años, Shakira, mostró su enamoramiento sin pudores. Este país me regaló lo mejor que un país le puede regalar a una mujer: una historia de amor, y cuando presentó a sus músicos y equipo de trabajo remarcó: estoy rodeada de argentinos, hay muchos en mi vida y son los mejores. El carisma de la cantante logra disipar antipatías retroactivas entre los 40 mil espectadores y el show de Fijación Oral Tour, mantiene su ritmo intacto.
Los 90 minutos de espectáculo pasan volando y Shakira no muestra signos de agitación ni parece transpirar como cualquier otro mortal. En su particular mezcla de danza árabe, ritmos caribeños y algo de rock y hip hop, tampoco se olvida de incluir Ojos así y La tortura. Y un final a toda máquina con la famosa Hips don't lie.
Tampoco habría que olvidar que en plena época de demonización de lo islámico, ella se anima a montar gran parte de su despliegue escénico sobre la figura de la odalisca. La música, el vestuario, la escenografía y la coreografía (con otras seis odaliscas acompañando el famoso estribillo de tonta, ciega, sordomuda) remiten indiscutiblemente a una parte de sus orígenes árabes. Otra muestra de valentía. Al final, la lluvia llega, pero es de papelitos de colores. De festejo.
5 son los cambios de vestuario. Y tres de ellos, al estilo odalisca, con velos incluídos.
El dato
Los músicos que acompañan a Shakira forman una verdadera geografía humana. El percusionista es venezolano; el tecladista, cubano; los guitarristas, norteamericanos (uno de origen coreano) y la voz de los coros, "de Miami".